Exportación agroalimentaria: Del deseo a la necesidad, del futuro ¿a la incertidumbre?

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     Hace escasos días, desde el Magrama se felicitaba públicamente al sector porcino or su capacidad de superar las adversidades en materia de exportación. Ante el veto ruso que tanto daño ha hecho, las empresas han sabido buscar no sólo nuevos mercados para dar salida a sus producciones, sino incluso apostar por incentivar el mercado nacional, con campañas de promoción, casi de la misma manera que lo está haciendo el sector ovino y caprino, que ante el descenso de las ventas no sólo ha intensificado la búsqueda de clientes en los países árabes, sino que intenta recuperar la perdida venta interior recordando que no es un producto de lujo, ni de ocasiones excepcionales, sino un plato que puede, y debe, estar dentro de la cesta de la compra.

El vino y el aceite empieza a ver los primeros problemas

      Son dos ejemplos de cómo se puede adaptar un sector en momentos de crisis. Sin embargo, las dos joyas de la corona española, el vino y el aceite, con dos superproduciciones históricas este año que las han situado a liderar el sector a nivel mundial las cosas no son tan fáciles. Tanto que, en el caso del vino, ya se empiezan a oír cada vez más voces que advierten de que la exportación es una opción, pero no una obligación y que todo el mundo no debería apostar por esta vía.

     Se trata de las grandes bodegas, pero también algunas Denominaciones de Origen, que llevan años intentando abrir mercados en el exterior, que han conseguido no sólo consolidarse  en muchos de ellos, sino hacerlo con una imagen de marca, de prestigio y, por tanto, de precio para ver ahora cómo se desarrolla una ‘invasión’ de vino, en su gran mayoría a granel pero también mucho con el amparo de otras D.O., que vienen a echar por tierra todo su trabajo previo.

     Es obvio que aquí cada cual va en defensa de sus beneficios, lo que es legítimo, y que el enfado de los que abrieron camino es comprensible, casi tanto como el de los que están llegando ahora y buscan su tajada, en gran parte porque también ellos ha hecho un esfuerzo muy grande para consolidar sus productos y sus marcas y reclaman su parte del pastes. Pero una cosa es la pugna por lograr un determinado mercado y otra, muy distinta, que venga acompañada, como está sucediendo, con una necesidad de vender vino a cualquier precio.

La crisis del vino se puede acabar ‘exportando’ al mercado exterior

      A nadie le extraña ahora que se hable de una crisis en el sector vitivinícola y que nadie sepa qué hacer con los grandes excedentes que se acumulan en las cooperativas a escasas semanas de que comience la nueva vendimia. El almacenamiento propuesto por el Ministerio o la destilación de crisis reclamada por el sector pueden ser soluciones, pero de lo que nadie habla tanto es que se ha llegado a este punto porque la exportación de vino a granel ha saturado ya los mercados, hasta el punto que no sólo no es rentable venderlo a precio de ganga, sino que ya ni se encuentra comprador para tanto vino.

      Y mientras todas las CCAA siguen apostando por la reconversión y las ayudas a los viñedos, mientras que desde el propio sector ya se empieza a hablar de una autoregulación que nadie quiere afrontar, el problema de fondo es que todo ese vino que ya se ha vendido fuera a bajo precio está provocando un daño inmenso a las grandes marcas que tanto han tardado en consolidarse.

     De la misma manera que no hace tanto tiempo se quejaban de la llegada de vino chileno a nuestro mercado, ahora somos nosotros los que enviamos ingentes cantidades s otros países, con el agravante de que lo que se vende es ‘vino español’. Y de la misma forma que hay grandes vinos en Chile, la marca vino chileno no es sinónimo de calidad en el mundo, mientras que la que se ha conseguido crear l vino español lleva camino de devaluarse casi al mismo ritmo que la propia Marca España por otras cuestiones nada relacionadas con la agricultura. Y es que el deseo de obtener un mercado exterior se ha convertido en una necesidad. Y eso tiene un coste muy alto a corto plazo.

El aceite tiene más margen, pero lleva camino de seguir los errores del vino

      Y con el aceite está pasando más de lo mismo, aunque con un margen de maniobra mayor ya que actualmente el consumo de grasas vegetales en el mundo es todavía muy pequeño y hay posibilidades de abrir nuevos mercados, pero o se controla o se puede acabar como con el vino.

     Recientemente, el subdirector general de Dcoop, Rafael Sánchez de Puerta, reconocía que “hoy por hoy el mercado español está en una situación complicada y la gran mayoría de las empresas están apostando por la exportación. Exportamos dos tercios de lo que producimos y eso es un reflejo de la situación en nuestro mercado nacional”. Dos tercios de la mayor producción de la historia de España en toda su historia, aunque, a diferencia del vino, se sepa que la próxima será menor y se podrá compensar los excedentes de la actual.

     Sin embargo, al igual que el vino, lo que realmente da prestigio, negocio y beneficio es la calidad y se empieza a vender el aceite a granel para vaciar los depósitos, sin importar el precio y, por supuesto, la imagen de lo que se vende. De hecho, China, el gran y ansiado mercado de todos los productores mundiales, ya ha rebajado más de un 20% sus importaciones de aceite español, quizás por saturación, quizás porque empieza a mirar cómo producirlo ella misma, quizás porque cada vez es más exigente con lo que compra. El mercado en Estados Unidos está más estancado que abierto y se mantiene especialmente por las marcas italianas que controlan los productores españoles, mientras que las españolas no acaban de romper ese ‘monopolio’, aunque el negocio se quede en gran medida en casa.

     Quizás, por todo esto, el futuro de la exportación empieza a ser más preocupante que ilusionante. Y aunque hay un gran margen de mejora y hay mercado suficiente para seguir consolidando los productos agroalimentarios españoles, tal vez sea el momento de serenar los ánimos, pensar qué y, sobre todo, cómo lo estamos haciendo, no sea que la ubre se seque antes de tiempo y, al final todo el mundo salga perdiendo.