Caminando por la Vega Baja, no hace mucho, me encontré con un viejo y querido amigo. Empezamos a comentar los numerosos cambios que se están produciendo en nuestro entorno rural. El transporte público se ha reducido y tenemos menos posibilidades de movernos, los colegios proyectados no se han construido y muchos niños estudian en barracones, empresas que generaban empleo cerraron y ante la pérdida de oportunidades de trabajo, muchos vecinos jóvenes se marcharon. Otro cambio que se está produciendo, también nos preocupa y mucho. Visto con nuestros propios ojos, supondrá excluir a los pequeños y medianos agricultores y ganaderos del sistema financiero.

    Las cajas de ahorro a las que siempre hemos acudido, que han procurado resolver nuestros problemas crediticios en la medida de lo posible y que siempre, a diferencia de casi todo lo demás en el entorno rural, hemos tenido cerca como la Caja Rural Central de Orihuela, se encuentran al borde del abismo ante los proyectos de fusión, normativas y disposición a unificar. Ya se hablaba en 2011, 75 cajas rurales españolas, tenían que quedar en menos de una quincena.

    No nos gusta mucho esta medida porque tememos a los grandes bancos. No podía ser de otra manera. Por darnos el crédito que les pedimos, nos instan a contratar seguros de todo tipo, incluidos los agrarios. Ahora mismo, se contabilizan muchos productores que no han cobrado lo que les correspondía por la adversa climatología porque los señores de la corbata, cumplimentaron de manera errónea sus pólizas. Al menos, podrían contratar más personal y formarlo en esta materia porque ni es fácil, ni es trivial. Es la única herramienta que garantiza el poder hacer frente a parte de las pérdidas cuando llega un fenómeno climatológico adverso y arrasa todo un plantío.

     También molesta ver numerosas oficinas cerradas cerca de los campos. Los agricultores compatibilizamos las labores administrativas con las tareas agrarias y ganaderas y, a veces, no encontramos manera de obtener el tiempo suficiente para poder realizar las gestiones bancarias. Le ocurrirá a cualquier hijo de vecino que trabaje. Las oficinas abiertas de lunes a viernes y de mañana para que el que tenga la suerte de tener un empleo, no pueda arreglar sus cosas.

    Es por este motivo por el que los agricultores estamos observando con mucha preocupación la ley y 26/2013, de 27 de diciembre, de cajas de ahorros y fundaciones bancarias, que aunque supuestamente persigue unos objetivos, las consecuencias están siendo preocupantes para nosotros. También nos quita el sueño que el Gobierno haya reconocido estar en conversaciones con el Banco Central Europeo, la entidad supervisora del sistema financiero, para poder avanzar en esta materia.  Habrá que ver cómo se hace y ya adelanto que deberían tratar de no excluir a quienes realizan movimientos económicos menores.

    En cualquier caso, nos causa respeto el proceso. Ahora mismo, ni de lejos podemos ver que una caja rural sea lo mismo que un gran banco. Desde el mismo momento de su creación, durante los años treinta del siglo XIX, las cajas se configuraron como entidades de beneficencia, orientadas al fomento y protección del ahorro y a la generalización del acceso al crédito de las clases sociales más desfavorecidas. Aspectos que hoy están muy de moda, como la protección de los intereses de los pequeños ahorradores o apartar a los ciudadanos que no puedan acceder, por diferentes circunstancias, a los servicios financieros convencionales, fueron abordados por unas instituciones que asumieron de manera propia y voluntaria las citadas preocupaciones. 

    Sin embargo, se equivocaba la paloma. Están rectificando. En un panorama financiero fuertemente competitivo, las cajas rurales temen por su futuro y nosotros por su desaparición. Han pasado de ser entidades hermanas a contendientes. En este entorno, es muy difícil que los pequeños y medianos agricultores puedan acceder al crédito. Les ofrecieron millones por favorecer los préstamos a las familias, pero siguen sin dar ni una facilidad. Ojito con el mundo que estamos construyendo porque advocar al pequeño a un sistema en el que será una hormiguita que no podrá contra el elefante, traerá tensiones. El sistema financiero organizado en grandes bancos perjudica mucho. Los grandes bancos no conocen a nadie.  Como las multinacionales, nos convertimos en numeritos y aumenta el riesgo de exclusión. Los grandes bancos no sólo se olvidan del pequeño, si no que directamente no quieren que entren a sus oficinas. No es justo. ¿Quién nos atiende entonces?

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