Al comienzo no teníamos mucho que ver con la idea de agroecología o de ecología. Mi formación, además es bien extraña. Soy ingeniero químico. Cuando me vine a Europa en los años 70, por razones políticas, empecé a formarme como economista en Francia, hice una maestría en Desarrollo Rural, y me fui volcando hacia lo rural. Trabajé en el Instituto de Investigaciones de Economía Rural francés hasta el 79, cuando volví a Brasil con la amnistía general. Pasé un tiempo medio perdido, fuí a África trabajando para la FAO, y al volver definitivamente a Brasil en el 83 creé esa ONG para la asistencia técnica de los pequeños agricultores. Pero al comienzo no tenía mucho que ver con lo agroecológico. Lo que buscábamos era una solución económicamente viable a la agricultura familiar, que fuera más productiva, que le diera más seguridad, que no les costara mucho, porque no tenía y sigue sin tener recursos financieros, y que le mejorara su acceso a los mercados.

    Desarrollábamos una variedad de técnicas, no solamente de producción agrícola, sino gestiones de transformación, conservación de productos, energía, construcciones, transportes, todo lo que era la tecnología alternativa en la época. Poco a poco, empezamos a concentrarnos cada vez más en el tema de la agricultura convencional. Fuimos abandonando parcialmente esos otros elementos, y nos concentramos en descubrir soluciones tecnológicas adecuadas a las condiciones de la agricultura familiar brasileña. Todavía mantenemos programas técnicos aislados, por ejemplo, construcción de cisternas para la recogida y conservación de agua. Es un programa nacional que se llama “Un Millón de Cisternas”, que es el objetivo. Estamos ahora mismo en 750.000, sobre todo en la zona semiárida del norte.

     Con rapidez fuimos cayendo en la dirección de las llamadas “prácticas alternativas” en la agricultura, que al final se convirtió en el concepto de agroecología. Las respuestas a la agricultura alternativa coincidieron más o menos con nuestra demanda social. Eran prácticas relativamente sencillas para los agricultores, mejoraban su seguridad productiva… y respondían a nuestras condiciones. Sin embargo, no sabíamos muy bien lo que estábamos haciendo. Estábamos buscando, desde luego, soluciones que fueran generalizables al máximo.

     Me acuerdo de que en los primeros años, uno de los problemas era dónde buscar las propuestas técnicas; la universidad no tenía nada, las investigaciones no tenían nada que ver con eso, sino con la agricultura convencional. Así que los primeros productores orgánicos del Brasil que compartían este espíritu pertenecían a las clases medias, académicas, gente de universidad que en los años 70 decidieron volver al campo. Era una base social muy distinta a aquella con la que trabajábamos. Siempre hubo una cierta dificultad de adaptar lo que hacían ellos a los agricultores reales. Encontramos alguna cosa interesante en las prácticas innovadoras campesinas. Campesinos que frente a problemas de sus sistemas tradicionales, que no daban respuestas, innovaron por su cuenta, inventaron cosas nuevas e interesantes, que daban respuesta a los problemas.

¿Cómo dabais con esos agricultores tradicionales?

    Era como encontrar una aguja en un pajar. Les hacías una pregunta que era la más absurda posible, “¿Conocen ustedes alguna práctica alternativa?” Explícale a un agricultor pobre y sin formación lo que es “alternativo”. Fue un comienzo muy loco. Yo viajé solo durante un par de años. La ONG era yo. No tenía ni una secretaria. Daba vueltas por el Nordeste y el Sur de Brasil. Allí estaba el grueso de la agricultura familiar brasileña. Poco a poco desarrollamos una metodología. Nos encontrábamos con grupos de campesinos a través de la Iglesia católica, de organizaciones sindicales. Eran grupos de discusión a los que pedíamos que nos dijeran los problemas productivos que tenían, porque si hacíamos la pregunta en general te ponían una lista larguísima, desde el transporte a la televisión, las cosas que no tenían. Dependiendo de la época, te decían que el problema eran los ratones o los pulgones, mucha lluvia o sequía. La visión directa del agricultor.

      Una vez hecho un listado tras hablar con diferentes personas, les preguntábamos si conocían soluciones para esas cosas. Entonces se producían discusiones interesantes. Había muchos planteamientos sobre si funcionaban o no las soluciones tradicionales. La mayoría de los agricultores se intercambiaban experiencias.

    Pero la suerte es que una vez que creas un movimiento, que dejas de buscar las cosas individualmente y lo haces socialmente, allí lo ubicas, el tipo aparece, y adquiere un rol que hasta entonces no había sido reconocido, de innovador, de informador y formador de otros. Esto último es algo que no todos quiere ser. Dice, “Yo soy agricultor, no formador. No quiero hacerlo. Aprenda usted conmigo y páselo a los otros”. Pero también sucede que la persona se siente valorada, tiene un papel más destacado en la comunidad, y consiente en trasmitir sus conocimientos. Entonces, la innovación se convierte en algo buscado por la propia comunidad.

     Así empezó lo que fue seminal para nosotros, la primera propuesta alternativa identificada por mí, una experiencia. En una zona semiárida, al oeste de Pernambuco, había un municipio con mucho ganado caprino donde organizamos una reunión en la sede de la Iglesia católica, y descubrí que el ganado de toda la gente tenía un problema común: una infección intestinal muy fuerte. Después descubrí que era algo muy generalizado en el noroeste, dos parásitos activos en cierta época del año, con un impacto muy negativo en el animal, perdía peso, llegaba a morir. No podían solucionarlo porque para eso necesitaban pagar a un veterinario y comprar medicinas adecuadas, algo que no podían permitirse porque no tenían plata.

     Uno de ellos me dijo que su abuelo usaba cierta práctica, que él la adaptó, una medicación de raíces de hierbas naturales, con el nombre popular de la papa conha, un nombre indígena. Tenía un uso purgativo espectacular. Fui a verificarlo, y comprobé que el rebaño estaba sano. Le dije que hablara de eso con sus vecinos, y me contestó que la gente no creía en esas cosas. Pero alguien de fuera se interesó, y difundió la práctica hasta generalizarla.

     Entonces yo escribí un pequeño folleto, partiendo de la base de que al ser un problema general en todo el nordeste, y la solución una planta que crece por todos lados, difundir la explicación era bueno: seleccionar qué parte de la planta usar, qué dosis… Repartimos decenas de miles por los sindicatos y por todas partes. Hasta que recibí una denuncia policial a través del sindicato. Un agricultor furioso porque había llevado a cabo mi propuesta y se le había muerto el ganado, perdió unas treinta cabras. Yo fui a verlo. Le dije que habría hecho algo incorrecto, porque todo el mundo lo usaba sin ningún riesgo. Me mostró cómo lo hizo, y era exactamente como estaba en el folleto. Tomé la planta del hombre para compararla con otras. La llevé a un centro de investigación en Río, donde estaba un antiguo colega de la Escuela de Químicas. Analizó la planta y me dijo que era una variedad de la del folleto, vinculada a la oferta hídrica y a otros efectos ambientales, que producía una cantidad distinta del componente curativo. Me dijo que dar la información de la planta en general era un peligro. No hay soluciones mágicas y con validez general en agricultura. Es algo que fuimos aprendiendo, cada lugar tiene una solución específica. Igual que cada sistema productivo tiene un diseño específico del lugar en el que se aplica. Nuestro sueño se vino abajo, soluciones brillantes y generalizables para salvar la agricultura mundial.

     Así pues empezamos un trabajo dirigido a la promoción de las agriculturas locales, con equipos de campo locales. Y poco a poco desarrollamos cuatro proyectos, coordinando una red de 27 organizaciones en el Nordeste, Sureste y Sur de Brasil. Y más tarde, una red nacional de cuatrocientas y pico organizaciones agroecológicas. La ONG se llama ahora Agroecología y Agricultura Familiar, ASPTA.

¿Qué grado de generalización tenían las soluciones que ibais encontrando?

     La descubierta más importante que hicimos fue esa la del remedio contra la enfermedad de las cabras. Nos sirvió para corregir nuestra manera de hacer. Al descubrir que no se pueden hacer las generalizaciones, empieza uno a dar importancia a la adaptación local y específica de los procedimientos. Los gringos le llaman a eso el site specificity, la especifidad del lugar. Y la segunda cosa que descubrimos es la capacidad campesina de innovar y de conservar información tradicional. Y simultánemente descubrimos otras cosas. Una es que hay una hipervalorización del conocimiento campesino tradicional. Nosotros, dábamos importancia a esta manera muy empírica de cómo hacer las cosas; yo no tenía muchos aprioris teóricos cuando me metí en esto. Abandoné los que tenía, los más clásicos: esto no sirve, esto sí.

     Al sobrevalorar el papel de la agricultura campesina y la ideología de la “campesinización”, se piensa que todo lo producido por el pensamiento campesino tradicional todavía tiene valor. Y hay condiciones en que, sencillamente, no tiene ningún sentido. En el caso nuestro, la agricultura tradicional campesina brasileña es el modelo más común en el mundo, la agricultura itinerante. Cortas la vegetación, la quemas, la cultivas por un par de años y sigues adelante.

¿Y el problema de la propiedad de la tierra?

     Hubo una oferta ilimitada de tierra en Brasil durante muchos años. Es un país muy grande. Ahora ya no es tan grande, y la apropiación de la tierra es más firme, no hay más espacio libre. Algunos estudios calculaban, por ejemplo, que en el Nordeste un agricultor que cultiva, digamos un par de hectáreas de secano, maíz frijol, logra cultivarlo como mucho dos años. Después abre dos hectáreas nuevas. Y no vuelve a las primeras antes de veinticinco años, cuando encuentre las condiciones de fertilidad renovadas. La refertilización natural del suelo es un proceso largo, no se consigue tan rápido. Claro, en otras circunstancias el proceso puede acelerarse; en bosque húmedo puede ser quince años… Pero en el trópico, te va a llevar por lo menos doce o trece años. Así que, cuando ya no tienes tanta tierra, ¿qué haces? Cuando la vas subdividiendo de generaciones en generaciones, el proceso de agotamiento se vuelve cada vez más rápido. Tu sistema se va derrumbando poco a poco porque no recupera su fertilidad natural. Es decir, el sistema tradicional ha funcionado muy bien cuando tenía una oferta ilimitada de tierra y la gran mayoría de la producción se dirigía al consumo local. No tiene ninguna significación cuando estás con poca tierra, un uso intensivo y una población urbana que necesita crear excedentes significativos.

     Sin embargo, yo encontré muchos agricultores que seguían manteniendo este tipo de prácticas, pero que tenían conocimientos muy sofisticados de las condiciones ambientales. Tienen cosas que aportar, pero el sistema en sí mismo ya no tiene vigor. La experiencia tradicional tiene cosas que enseñar, pero no es una solución.

     En segundo lugar, los agricultores no son solo tradicionales, son innovadores. Frente a dificultades nuevas, buscan otra solución. Aunque la gran mayoría no lo hace. Porque tiene una enorme aversión natural al riesgo, viven bajo una situación de riesgo permanente; no tienen muchas alternativas, si pierden una cosecha, pierden la tierra. Pero cierto porcentaje de agricultores son innovadores. Hemos intentado hacer un cálculo, pero no hemos llegado a darle sentido. Entre un cinco y un diez por ciento, quizá. Empiezan a probar cosas nuevas y de repente son una fuente espectacular de información.

¿Funcionáis en red?

     Sí, en todo Brasil. Nuestra oficina central de la Articulación Nacional de Agroecología está en Río de Janeiro. Pero en cada una de las grandes macro-regiones tenemos otra oficina regional, en Amazonía, en el Centro Oeste, en Pantanal, en los semiáridos del Nordeste, en la zona costera del Nordeste…

¿Cómo os sostenéis económicamente?

     Al comienzo teníamos un apoyo significativo de la cooperación internacional, sobre todo privada. Las Iglesias católica y protestantes europeas, algunas fundaciones norteamericanas, la Ford, la Rockefeller, McCarthur… La cooperación técnica francesa fue la primera en apoyarnos. Cuando Mitterrand ganó las elecciones en 1981, varios de mis ex-colegas del Instituto de Investigaciones Agronómicas ocuparon puestos clave en el gobierno y en la cooperación técnica internacional en la agricultura. Volví a Francia con el proyecto, y en el 83 empezamos a recibir plata de la cooperación técnica francesa. Luego pasamos a Alemania, a Noruega, Italia, todo tipo de gente, protestantes, católicos, laicos holandeses. De España también recibimos ayuda, de Manos Unidas, pero más tarde. De Portugal, nunca. No tienen plata. Fue una época de oro de la cooperación. No tenía la rigidez que tiene hoy.

¿Por qué?

      Por un lado, porque hay menos plata. Los criterios de uso del recurso se van haciendo más rígidos, más rigurosos. Y también tengo la sensación de que muchas cosas se financiaron por idealismo, sin llegar a dar buenos resultados. En muchos casos se financiaron proyectos que tenían una intención muy buena, como el nuestro. Pero, si hoy, con el conocimiento que tengo, me presentaran mi proyecto, el que presenté hace treinta años, no lo financiaría nunca. En aquella época la gente era más abierta o más ingenua. Esa liberalidad dio resultados negativos. Se jugaron mucha plata fuera, pero también salieron adelante proyectos innovadores como el nuestro con la flexibilidad que había en esa época.

      Tuvimos plata para mantener las redes hasta un cierto momento. Fue al comienzo de este siglo, cuando la cooperación internacional comienza a replegarse, a centrarse en países de extrema pobreza, Haití, Bolivia, Paraguay, y otros países menores de América Central. Pero no Brasil. Brasil es la sexta o séptima economía del mundo, ¿por qué va a necesitar cooperación internacional? Desde mis primeros años dije que no necesitábamos esa cooperación, al menos teóricamente, el país tiene como para autofinanciar cualquier cosa. Pero eso es una decisión política. Si cuando empecé hubiera dependido de la plata gubernamental (eran los últimos años de la dictadura militar), no habría obtenido ni un centavo.

     Con el comienzo del nuevo siglo, hay un repliegue de la cooperación internacional. Los criterios de aprobación de proyectos son más duros. Y al mismo tiempo hay una conversión de plata internacional en plata nacional. Los gobiernos de Lula y de Dilma Rouseff empiezan a dar financiación a ONGs.

¿Cómo os fue con los gobiernos de izquierda?

     Fueron experiencias muy exasperantes. Lula fue elegido con un apoyo social nítidamente contrario a los poderes del agronegocio. El agronegocio estaba por completo en contra de Lula, igual que estaba en contra de Dilma. Sin embargo, el gobierno de Lula hizo, casi de inmediato, una alianza con estos sectores. Aceptó la presión de estos sectores, y los incorporó a su política. El gobierno popular asimiló la idea de que Brasil es grande, hay espacio para todos, damos fuerza a la agricultura familiar, pero también tenemos que dar atención al agronegocio. La razón es que el agronegocio, desde el programa de estabilización de la economía del año 94, ha sido el ancla financiera del país: las exportaciones agrícolas mantuvieron la balanza de pagos positiva más larga de los últimos veinte años.

     Tienen un poder de chantaje muy fuerte sobre el gobierno. Dicen, “Nosotros somos los que garantizamos la estabilidad de este tinglado”. Pero yo pienso que en el fondo ya no hay una convicción ni política ni ideológica en el Partido de los Trabajadores como para decir que el agronegocio es el enemigo que tenemos que destruir en algún momento. El director general de la FAO, José Graciano fue el principal consejero de Lula cuando empezó su gobierno en 2003. Graciano ha sido un académico de izquierda, vinculado a los movimientos sociales, capo del Partido de los Trabajadores… pero también ha sido vicepresidente de la Asociación Brasileña de Agrobussines. No ve contradicción en estas cosas. En los años 70 escribió un libro muy bueno que se llamaba “La modernización dolorosa”, explicando cómo en Brasil se pasó el proceso de modernización de la agricultura con tremenda violencia con los campesinos; y aunque no lo dice explícitamente, se trasluce que considera inevitable ese proceso. Muchos economistas de izquierdas piensan así. Yo conocí uno cuando la dictadura militar inició el proceso de modernización del agro, que expulsó nada menos que veinte millones de campesinos durante las dos décadas de dictadura; este hombre decía “Mejor que sean ellos los que lo hagan”. Es decir, que sea la derecha la que expulse a los campesinos, porque si no, a nosotros, a la izquierda nos tocará hacerlo igual.

¿Esa puede ser la explicación de que haya dos ministerios de Agricultura en Brasil?

     Tiene algo que ver con eso. La agricultura siempre ha estado dominada por el agronegocio. Y el Instituto de Reforma Agraria era una rendija abierta. Lo mantuvieron los milicos con el nombre de Instituto de Colonización y Reforma Agraria (INCRA). Lo cierto es que había un excedente de mano de obra en el campo, y que había regiones despobladas en el país; así que la idea era más bien colonizar que reformar.

     Con la democratización empieza de vuelta la presión por la reforma agraria. Así que, para ocuparse de esto y de la agricultura familiar hicieron un pequeño departamento del Ministerio de Agricultura dedicado al cooperativismo. Y en el gobierno socialdemocrata no sé quién tuvo la inspiración de llegar a Fernando Henriques y decirle, “Mire, el movimiento social en el campo se ha reforzado mucho”. El Movimiento de los Sin Tierra (Vía Campesina) hace una presión enorme de invasión de tierras, llegó a tener 200.000 campesinos ocupando tierras en diversas partes del país, hubo masacres y todo… Fernando Henriques creó en su segundo gobierno el Ministerio de Desarrollo Agrícola. Era una forma de meter el INCRA ahí, y transfirió también algún departamento que trabajaba con la agricultura familiar en el Ministerio de Agricultura. Lula le dio luego mucho espacio. Pero de hecho el aparato existía en el gobierno socialdemócrata. Era el llamado PRONAF, Programa Nacional de Agricultura Familiar, un programa sobre todo de crédito, partiendo de la idea de que los agricultores no se modernizan porque no tienen acceso al crédito. Eso funcionó en el sur de Brasil, donde hay una agricultura de corte europeo, con gran emigración italiana, polaca, ucraniana, alemana, menos mezclada con indígenas, negros y portugueses, como es el caso del Nordeste. En este área, que ya venía atravesando un proceso de modernización bien organizada, el programa funcionó con mucha fuerza. Cuando terminó el gobierno de Fernando Henriques había como quinientos mil accesos anuales al crédito rural facilitado por el gobierno, y prácticamente todo era del sur, el 95 por ciento. En el último censo agrícola había allí un millón de agricultores, el 85 por ciento, familiares.

    Cuando entra al gobierno Lula, el programa se amplía nacionalmente, se facilita la entrada en él de sectores más empobrecidos, sobre todo del nordeste. Se favorecen los asentamientos con la reforma agraria. Y salta de quinientos mil a dos millones doscientos mil, casi la mitad de la totalidad de los agricultores familiares del país. Después este número empieza a caer. Ahora hay un juego de propaganda electoral. El gobierno dice, “Cando terminó el gobierno socialdemócrata había quinientos mil agricultores con acceso al crédito, con un total de dos mil millones de reales”. Ahora ya no dice cuántos tienen acceso al crédito, pero sí la cantidad, veintidós mil millones de reales, unos diez mil millones de dólares al año. Es mucha plata. Pero la realidad es que el número de agricultores ha bajado sensiblemente. Los más pobres están saliendo y volviendo a concentrarse en el sur. Lo que sucede es que los agricultores más ricos, toman más plata.

¿Esos nuevos agricultores procedían de ciudades?

     No. Son gente que está en el campo que de repente tiene acceso al crédito. El repliegue de agricultores frente a la toma de crédito tiene que ver con el endeudamiento. Hay una cantidad grande de agricultores endeudados. Sin embargo hubo varios casos de amnistías y renegociaciones de créditos. Y aún así la gente está con miedo de adquirir nuevas deudas o está tan endeudada que no puede más. Y también hay gente que perdió todo y se fue a la ciudad.

¿Por qué el fracaso?

     Nuestro análisis es que el crédito ha sido usado prácticamente para hacer la revolución verde, para facilitar a los agricultores el acceso a abonos químicos, semillas mejoradas, maquinaria, pesticidas, transgénicos y cosas así. Esto tiene sus riesgos. La agricultura patronal, cuando usa este tipo de cosas, tiene sus riesgos, pero también tiene una capacidad mayor de absorber el riesgo. El pequeño agricultor, si pierde su zafra y no paga su deuda en el banco, empieza a meterse en líos de los que difícilmente sale.

¿Qué alternativas hay?

     Escapar de la deuda bancaria o tomar deuda bancaria que sea más segura. Un ejemplo sencillo. Un agricultor que toma el crédito para su uso en agricultura convencional, digamos para comprar una semilla de soja transgénica en Rio Grande del Sur, y que va a utilizar el abono químico, los pesticidas, fungicidas de Tal marca. Lo planta y viene una sequía, o un tiempo demasiado caluroso para la formación del grano, algo así. En el caso de la soja transgénica del sur de Brasil hay una cosa que aparece en estas situaciones, se rompe el cormo, aborta la flor y los frutos, y hay una pérdida grande de cosecha. También ocurre con otros cultivos. Por otro lado, el hecho de tener el polvo de abono químico sin agua, no sirve para nada, porque el abono es soluble, y la planta no lo absorbe cuando no se tiene irrigación. De repente la lluvia viene en el periodo que no se necesita. Se pierde todo el abono. Son montones de agricultores los que caen en esta trampa.

     Por otro lado, el que practica la agroecología, en principio no va detrás de los recursos bancarios. Va a usar una semilla tradicional típica de la región, que es más resistente a las fluctuaciones climáticas. Va a usar un abono natural , un compuesto, guano o algo parecido que, si no llueve, no lo pierde. Cuando llueva el año que viene, lo recuperará porque queda en el suelo. Y no usa pesticidas. Tiene un costo y un riesgo mucho más bajo. Claro, va a sufrir con la sequía y la temperatura, pero mucho menos. En las regiones donde verificamos que la soja transgénica perdió un cincuenta o un sesenta de la producción, la soja tradicional y la agroecológica perdieron quince o veinte.

¿Donde es más efectivo vuestro trabajo, en el Nordeste o en el Sur?

     Son dos realidades muy distintas. En el Sur trabajamos en una agricultura modernizada, se trata de traerlos de lo “moderno” (entre comillas) a lo agroecológico. Es un proceso por completo distinto del que se hace en el Nordeste, donde los agricultores son tradicionales, tienen muy poco acceso a la tecnología moderna, a los insumos químicos. Son más pobres, las condiciones ambientales son más arriesgadas Tenemos que darles soluciones que les cuesten muy poco desde el punto de vista financiero y desde el punto de vista del trabajo; en una palabra, que sean accesibles a su sistema.

     En el Sur, el agricultor te pregunta ¿cuánto más de producción voy a sacar con esto? Y en el Nordeste, te pregunta ¿cuánto menos de riesgo voy a tener? Son ópticas enteramente distintas. Yo diría que el trabajo en el Nordeste ha sido más eficaz que en el Sur. En el Sur tuvimos una experiencia dramática en el estado de Paraná.

     Para entenderlo hay que hacer un paréntesis. Nosotros trabajamos con el concepto de territorio, un área con una cierta homogeneidad, no de sistema productivo, que suelen ser muy variados, sino de organizaciones campesinas. Es una especie de identidad campesina en una región o micro región; puede ser, por ejemplo, una microbase hidrográfica… Hay enlaces sociales que definen a esa región. Es algo muy subjetivo. Llegan a preguntarte, por qué ustedes consideran que de este lado del río son o no son del territorio Tal; la respuesta es, porque lo hemos designado así. Se trata de una noción importante para la organización de nuestro trabajo.

     El territorio del Sur donde operábamos, en el centro-sur de Paraná, tenía veintidós municipios, y trabajábamos con diez mil agricultores de un total de cincuenta mil. Estábamos en una etapa del proceso de conversión a la agroecología que se llama “la cesación de insumos”. La gente había dejado de comprar semilla a las empresas, había dejado de comprar agrotóxicos, abono químico, estaba produciendo su propio abono, su propia semilla, sus propios controles fitosanitarios, etc. El éxito era espectacular. Había un foro de desarrollo regional con casi doscientas organizaciones, pequeños grupos locales de mujeres, organizaciones regionales de coordinación campesina, etc.

     Pero, entra el gobierno Lula en el 2003. Y en cuatro años este proceso desaparece. Se reduce de diez mil participantes, con un foro de muchísimas personas, a un micro foro de desarrollo que ni siquiera es un foro, se llama “El Colectivo Triunfo”, que es el nombre de un municipio, con un máximo de 500 agricultores.

     Hay dos razones que explican este fracaso. Una, que el gobierno Lula entra con la idea del crédito facilitado: “¿Ustedes quieren usar el crédito? Aquí lo tienen”. Pero con la condición de que cuando el agricultor va a buscar este crédito necesita que un técnico le firme el proyecto. Y los técnicos del Estado encargados de eso tienen una visión absolutamente convencional Por otro lado, los bancos no conocen nada de agroecología, lo que miran es el manual que les ha proporcionado la dirección para su región; el manual dice, en esta región se producen tales productos con tales variedades, con tanto de abono químico, tanto de fitosanitarios. Así que, si no encuentras un gerente de banco muy abierto, no te da el crédito que necesitas.

     Nosotros, en este primer año del gobierno Lula organizamos una variante del crédito llamada Crédito para la Agroecología. Todos los bancos tenían esta posibilidad. Pero era algo tan nuevo para ellos… Un gerente de banco es un tipo que piensa siempre en riesgo, que se resiste a financiar algo que no no está en el manual, una idea nueva, sin garantías de seguridad. Lo deja de lado, y entrega la plata a la gente que cultiva de acuerdo al manual.

Así que aquí tenemos las razones: los técnicos convencionales y el sistema bancario conservador…

     Pero la razón principal ha sido otra. El gobierno creó un programa de seguridad para el agro. Pero no es una seguridad a la producción, sino al crédito. La gente que toma crédito entra en un sistema de seguro; si pierde su producción, el préstamo está cubierto por el Estado. Quien no toma este crédito, no tiene cobertura, lo pierde todo si tiene mala suerte. Además, el sistema bancario está limitado por las condiciones formales que fija el Estado para el tipo de proyecto técnico. En muchos casos, nosotros hicimos los proyectos a los agricultores, íbamos al banco y pedíamos un préstamo para comprar estiércol, por ejemplo, o para hacer compost. El banco puede resistirse, pero en el formulario interno está permitido. Pero en el sistema de seguros del Estado, no. Estas cosas no entran en el seguro. En el primer año logramos que cosa de dos mil agricultores nuestros del Sur entraran en el sistema de crédito, dentro de un principio de agroecología. Pero ellos no sabían que no tenían seguro. Esto era el peor problema. Al final, fue un año malo, y los que fueron a buscar compensación por sus pérdidas, que no eran tan graves como las de los convencionales (entre el 25 y el 30 por ciento de la cosecha), les mandaron los inspectores, y descubrieron que no estaban cubiertos, “Usted usó variedades que no están en el manual”. De un día para otro miles de agricultores abandonaron el programa.

Es un círculo vicioso

     Efectivamente, es un círculo vicioso: para tener la seguridad frente a las perdidas necesitas un crédito. Esto obliga a la gente a buscar lo. Luego, para tener el crédito, y sobre todo para tener el seguro, tienes que olvidar la agroecología, tienes que hacer convencional. Los agricultores que se mantuvieron son aquellos que ya tenían diseñado su paso hacia el sistema agroecológico. Pero los que estaban en transición de abandono de los insumos químicos, volvieron a ellos. Ahora están arrepentidos, porque han recibido una paliza feroz, en diez o doce años han perdido mucho.

Y en el Nordeste, ¿cómo ha funcionado el programa?

     En el Nordeste hubo muchas menos entradas en el crédito convencional. Porque son agricultores mucho más pobres, y el gobierno les da un crédito llamado “Pronaf B”, que permite al agricultor tomar al principio mil reales al año, luego dos mil, etc. Y es fundamentalmente un crédito de inversión, no para adquirir insumos. Allí nos encontramos con otro tipo de problemas. En los lugares donde logramos un buen acuerdo con los bancos, se realizaron cosas interesantes. Pero la gran mayoría de los casos, los bancos no sabían qué hacer e inventaron lo que creían que les convenía más. Por ejemplo, vendieron animales a muchos agricultores familiares. Esta estrategia imagino que sería prefabricada entre ellos: una persona con tres mil reales de crédito puede comprar una vaca de leche de buena calidad, con un ternero, y con eso pueden mejorar la alimentación de los niños.

      Son buenas intenciones. Pero es un tipo de ganado que no sobrevive las condiciones en las que viven los agricultores pobres. En la gran mayoría de los casos, el ganado se murió, y el agricultor quedó endeudado. Los agricultores más vivos, hicieron inversiones en infraestructura, pequeñas cosas del tipo cercas, compraron pequeños equipos de procesamiento, bombas de succión para riego…Pero hubo mucho despilfarro con animales de raza. Hay una jugada detrás de esto. Un banco tiene contacto con un tipo que tiene vacas a la venta, y las vende a los agricultores… Así son las cosas.

(Foto y texto:agroicultura.co)

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