Cada vez más, tanto las empresas como los consumidores están presentando una tendencia creciente hacia el desarrollo sostenible y ecológico a favor del cuidado del planeta, y una de las actividades productivas más afectadas es el sector de la agricultura. Ya son varios profesionales los que señalan que la agricultura del futuro será una agricultura que esté condicionada a la sostenibilidad, y no parecen ir mal encaminados cuando estudios recientes afirman que España ocupa el primer lugar en superficie de agricultura ecológica en la Unión Europea y la quinta posición mundial (Mapama, 2015).

Para entender los objetivos que persigue la agricultura ecológica, también conocida como biológica o sostenible, podemos dividirlos en dos vertientes: por un lado encontramos la vertiente medioambiental, en la que se persigue que los sistemas de producción sean compatibles con el entorno en el que se encuentran, aprovechando eficazmente todos los recursos disponibles y evitando o minimizando la producción de residuos tóxicos; mientras que la otra vertiente es la socioeconómica, donde el objetivo fundamental es abastecer a la demanda del mercado, manteniendo o incrementando las cantidades producidas, y que el producto no termine encareciéndose excesivamente a causa de las condiciones de producción.

Recapitulando, la agricultura sostenible es un conjunto de técnicas y políticas aplicadas a la producción agroalimentaria que persiguen minimizar el impacto medioambiental, tanto a corto como a largo plazo, así como abastecer a toda la demanda del mercado en cuanto a cantidad y a calidad.

Una de las claves es la utilización de abonos y fertilizantes de origen orgánico, mineral o vegetal

Este repunte en la agricultura sostenible también es ocasionado a que los consumidores presentan cierta propensión creciente a consumir productos orgánico. Siin duda alguna influenciados por la información masiva que se ha difundido en la última década, dando a conocer la toxicidad de algunos de los productos utilizados en la agricultura moderna.

La agricultura ecológica se ha expandido tanto, que ya existen varios tipos, todos ellos compartiendo la esencia de respetar el medio ambiente. Algunos de estos tipos son la agricultura biodinámica, que integra los cultivos y la ganadería para un uso eficiente y natural de todos los recursos; la permacultura, donde los agricultores tratan de ser lo más autosuficientes y óptimos posible, reciclando materiales y cultivando productos que se adecúen al clima donde se encuentran para ello; la agroecología, partidaria de consumir productos agrícolas producidos en la propia zona y partidaria de la eliminación de los intermediarios en los procesos de venta; y otros muchos modelos que persiguen el mismo fin.

Otra tendencia, es la utilización de abonos y fertilizantes de origen orgánico, mineral o vegetal y ahí aparecen empresas como Grupo Iñesta, con un constante afán investigador y que buscan soluciones para crear cultivos sostenibles, efectivos y que produzcan el mínimo efecto posible en el medio ambiente. Sus abonos y fertilizantes son un claro ejemplo de implicación para mejorar la producción agrícola y aplicar la última tecnología e innovación al servicio de los cultivos.

No cabe duda que la agricultura sostenible es el futuro de un sector fundamental para nuestra economía. Cuanto antes las empresas interesadas y los productores se pongan manos a la obra y adapten sus cultivos y productos, más rápido avanzará el sector. El camino a seguir está claro…

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