Los almendreros malagueños mantienen viva la tradición de vender en la calle

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EFE.- Son más de veinte y se colocan en las calles más transitadas; los almendreros son ya una figura más en la estampa típica malagueña desde que empezara la venta ambulante de esta mercancía, que vino motivada, según dicen los vendedores más antiguos, por excedentes en las cosechas a los que había que dar salida.

La crisis ha hecho que personas que se dedicaban a otros oficios hayan decidido vender almendras para ganarse la vida, como Enrique Vargas, que era escayolista, o Antonio Navas, que tuvo que cerrar su peluquería y que tiene un puesto en la calle desde hace cinco años, lo que ha motivado un aumento de la competencia.

Por su parte, José Torres Fernández está a punto de cumplir los 69 años y lleva más de cincuenta dedicado a la venta ambulante de almendras fritas, lo que le hace ser el más veterano de Málaga en el oficio y a pesar de que nadie "le hace sombra", advierte que el secreto para que el producto quede en su punto "nunca lo dirá".

"Eso no se puede decir, ni a usted ni a nadie", ha explicado a Efe José, que confiesa que aprendió el arte de freír las almendras cuando era un "chavea" de un vendedor ya fallecido que le hizo prometer que nunca lo revelaría.

Torres ha recordado que empezó a vender caramelos y avellanas en una canastilla cuando sólo contaba 10 ó 12 años empujado por la necesidad, ya que es huérfano de padre desde pequeño y había que "salir a la calle a buscarse la vida".

En otros tiempos, Torres compraba las almendras en las tiendas y las exponía en una "carpetilla", ha relatado, pero más adelante comenzó a adquirirlas en alguna cooperativa o algún pueblo de la provincia, como Álora, para después pelarlas y freírlas él mismo.

"Ahora ya vienen repeladas y con todo hecho", comenta aliviado el vendedor, que fríe el género de noche en su casa y a la mañana siguiente se lo lleva en una bolsa hasta su puesto, con cuidado de echar en la bandeja donde las pone la cantidad justa "para que siempre estén buenas".

Todos los días, llueva o haga sol, José empieza a trabajar hacia las 11:30 horas y no para hasta pasado el mediodía, cuando vuelve a casa para descansar un rato; luego regresa de 19:00 horas a 21:00 horas, momento en que llega uno de sus hijos para sustituirle.

A pesar de esto, la crisis económica y la fuerte competencia en la zona hace que no venda grandes cantidades, si acaso un kilo al día, lo que equivale a unos 18 ó 20 euros.

"Es por los que vienen de fuera, los de aquí no compran" ha revelado Torres, que cuenta de forma irónica que a veces, cuando pide dos euros por un cartucho de almendras, "le quieren pegar".

El almendrero, además de ejercer su oficio, hace las veces de guía turístico improvisado, ya que a diario se acercan a él multitud de turistas que le preguntan las direcciones de museos, monumentos y calles, por lo que pide, en clave de humor, "que el alcalde le ponga un negocio de información y turismo aquí".

Políticos, periodistas, cantantes y jugadores de fútbol están entre sus compradores habituales, pero cómo él dice, "muchos vienen de paisano y algunos ni se conocen".

Además, Torres se precia de tener clientes fieles de todas partes del mundo que han degustado sus almendras durante estos cincuenta años, y cada vez que se acercan a por un cartucho "de 2, de 3 ó de 4 euros", como él pregona, le dicen que "al único que le compran es a él".

"Muchos se acuerdan de cuando los padres los traían de pequeños en el carrito; ahora ellos traen a otro, es toda una generación -concluye el almendrero-, pero es normal, he envejecido aquí".