A las 9 de la mañana van llegando con el ánimo del rencuentro y con la incertidumbre que les provoca la invitación a una tertulia en la que se va a hablar de la tradición remolachera de la provincia de Cádiz, especialmente de la Campiña de Jerez, en la que este cultivo reinó de manera absoluta coincidiendo con la transición política y primeros años de la democracia española.

Abrazos y caras de alegría. Llevan muchos años sin verse. La mayoría de los históricos remolacheros que ha reunido la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos –COAG- de Cádiz en torno al café y a las buenas ‘rebanás’ de campo de la Venta de las Cuevas de Estella, están ya jubilados. Aunque eso no motivo suficiente para que les alejen del campo, del que no se pueden desvincular.

“Al principio, sembrábamos a manta y la sacábamos con pico. Un trabajo durísimo. Cuanto pude, me compré el tractor y un remolque”

José Gago, de Cuartillo, es el primero en llegar y el primero en arrancarse a contar historias y anécdotas en torno a esta tradición remolacheraa. Tiene, a sus ochenta y tantos años, una memoria privilegiada y un archivo pulcro (trae algunos documentos en una carpeta azul) que le sirve de apoyo: “Mira, yo he traído algunas cositas, como la factura de mi primer tractor, que me lo compré precisamente para la remolacha, que empezaba a ser un cultivo rentable con muchas perspectivas de futuro”. La factura data del año 1962 y el tractor, uno de los pocos que había en la zona de la Vega de la Barca, le costó 222.000 pesetas. Era un ‘Barreiros’.

“Sobre 1952 la finca, heredada por derecho histórico, pasó a ser de regadío”, cuenta José Gago, motivo por el cual dejaron atrás el trigo y la cebada, y se lanzaron de lleno al cultivo de la remolacha. “Al principio, sembrábamos a manta y la sacábamos con pico. Un trabajo durísimo. Por eso, en cuanto pude, me compré el tractor y un remolque”.

La remolacha siempre necesitó mucha mano de obra antes de que se impusiera la mecanización. Y en esto están todos de acuerdo al recordar esta tradición remolachera. Ya se han ido sumando a la tertulia remolacheros históricos de COAG como Juan Buzón, Antonio Rodríguez, Diego Carrasco, que fue técnico de COAG Cádiz responsable de remolacha, acompañados por el secretario general de COAG Cádiz, Miguel Pérez, el secretario de organización, José Luis Ibáñez, también de familia remolachera, y Óscar Pérez, ingeniero agrónomo y técnico de la organización que, en la actualidad, asesora a los agricultores que siguen cultivando remolacha en la provincia.

“Era un cultivo muy rentable y que daba mucho trabajo antes de la mecanización, porque  todo se hacía a mano, la siembra, la castración, la recogida, pelarlas y cargarlas en el camión, y de ahí camino a la estación, y a mano otra vez al vagón que la llevaba camino de Jédula (antes de que se abriera la primera de Jerez). En total, hacían falta entre 60/70 jornales por hectárea”.

Desde los 70 a finales de los 90, años en lo que la remolacha se convirtió, junto con el algodón, en motores socioeconómicos fundamentales

Tan duro era el trabajo que cada jornalero podría cargar hasta 4.000 kilos de remolacha al día con las temperaturas extremas de agosto. “Yo he visto desplomarse y morir a un chaval de 22 años mientras cargaba remolacha para echarla al camión”, recuerda con tristeza Juan Buzón.

Todos ellos sitúan la época dorada del cultivo en casi tres décadas, desde los 70 a finales de los 90, años en lo que la remolacha se convirtió, junto con el algodón, en motores socioeconómicos fundamentales para Jerez, la comarca y la provincia. La remolacha era rentable y, como todo lo que mueve el dinero, también generó un ‘ecosistema’ económico propio. “La picaresca estaba a la orden del día. ¡No veas los regalitos que se veían pasar!”, recuerdan en tono jocoso pero también con grandes dosis de crítica.

La alegría de los primeros tiempos done imperaba la tradición remolachera fue decayendo de manera progresiva: “Cada vez ganábamos menos a pesar de que todo estaba más mecanizado. Lo que es una incongruencia. Había menos necesidad de mano de obra, pero el cultivo se hacía menos rentable”.

En los 80 comienzan los problemas

Atendiendo a los estudios realizados sobre este cultivo y su impacto en la zona, destaca lo escrito por Agustín García Lázaro, del Centro de Estudios Históricos de Jerez, quien señala las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado son los años en los que el cultivo alcanza su mayor expansión, “llegando a sobrepasar en sus momentos punteros las 50.000 hectáreas de superficie, que situaban a la provincia de Cádiz a la cabeza nacional llegando a concentrar el 25% de la producción española y el 60% de la andaluza (Zoido, F. 1984)”.

Según García Lázaro, en esta época dorada de la tradición remolachera y de las azucareras, las producciones de remolacha provienen por orden de importancia, según el Estudio Económico de la Provincia de Cádiz (1983) de los términos de Jerez, Arcos, Medina, Vejer, Conil y Villamartín, recibiéndose también de municipios de la provincia de Sevilla. En estos años de gran producción llegó incluso a proyectarse la ubicación de una nueva planta en el cruce de Las Cabezas.

Sin embargo, se generan ya problemas preocupantes en la década de los 80: “El exceso de oferta existente, tanto a nivel nacional como europeo, hace que este cultivo, de gran trascendencia en la economía gaditana, se encuentre contingentado, fijándose objetivos de producción a nivel nacional mediante cupos. Cádiz participa en un 15%-20% de la producción nacional de remolacha, consiguiéndose actualmente, y a través de múltiples negociaciones cupos extras, incluso en detrimento de los de otras provincias”.

Los conflictos y las peleas de los contratos sembraron la dinamita de una situación que terminó de explotar con la puntilla que suppuso la reforma de la OCM de 2006. Un antes y un después que dejó la rentabilidad del cultivo cuesta abajo y sin freno. Y hasta hoy.

“Un cultivo con un alto componente social, la pequeña historia de las azucareras, la dulce historia del cultivo de la remolacha y de la industria del azúcar comenzó a amargarse con las políticas agrarias comunitarias (PAC), las regulaciones del mercado y de producciones, la OCM, la asignación de cupos, las bajadas de precio de la remolacha, las fusiones empresariales, los intereses de las multinacionales de la alimentación… trajeron como consecuencia el declive y el cierre de las plantas de Jédula (2001) y de Guadalcacín (2008)”, detalla García Lázaro en su estudio sobre este final de la tradición remolachera.

“Casi cincuenta años después de la instalación de las azucareras en la campiña –explica el autor- y tras el cierra de las plantas de Guadalcacín y Jédula, el futuro es, cuando menos, incierto”. Y es que, en la actualidad, la Azucarera del Guadalete, es la única factoría superviviente del glorioso pasado azucarero jerezano, que fue adquirida por una multinacional inglesa que realiza refinería de azúcar.

El declive de la industria ha traído también como consecuencia el de los cultivos, un horizonte que nadie hubiese previsto cuando la campiña era un ‘mar de remolacha’ y las azucareras empleaban directamente, durante sus largas campañas estivales, a más de mil trabajadores. “Casi cincuenta años después, el azúcar se vuelve amargo en el recuerdo”. 

Vendidos a Europa

Continúa la tertulia de los remolacheros históricos de COAG Cádiz sobre esta tradición remolachera. Cada uno expone sus recuerdos, los buenos -en los inicios-, cuando tanto el cultivo como la industria generaban miles de puestos de trabajo en la zona. Y los malos cuando, según manifiestan, “nos vendieron en Europa”.

“Fuimos moneda de cambio –todos están de acuerdo-. La remolacha no era un cultivo deficitario, no se tenía que reformar. Y más aún cuando en España se consumía más azúcar que lo que se cultivaba. Por eso entendemos que los políticos españoles nos vendieron, no defendieron el cultivo. Lo mismo que le hicieron al algodón”.

“Y vino dinero para que la gente abandonara el cultivo y, lo peor, es que no dieron otra alternativa y se acabó con la tradición remolachera. Hoy, hasta la propia industria siembra. Y los pocos que han quedado no sobreviven con unos precios que son los mismos que hace diez años. O sube el precio, o el cultivo desaparece definitivamente”. Ellos sí que saben de lo que hablan y lo han dejado muy claro.

(Es un reportaje de Marga Segura de Coag Cádiz)

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