Un libro critica las “mentiras” de la industria agroquímica sobre los alimentos

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   Plantea que el uso de pesticidas en la agricultura industrial no sólo ha empobrecido los suelos fértiles destinados a la producción de alimentos, sino también a los campesinos -muchos de ellos se han visto abocados a emigrar-, así como sus dietas, al apostar durante medio siglo por los monocultivos.

    Robin -también documentalista y directora de cine- precisa que decidió investigar tras escuchar en 2011 el informe del relator especial de las Naciones Unidos sobre el Derecho a la Alimentación, Olivier de Shutter, sobre "La agroecología y el derecho a la alimentación".

    El objetivo, según detalla, fue descubrir sobre el terreno el potencial de la agroecología para hacer disminuir el hambre y la pobreza. Robin, que ha visto casos prácticos de modelos agroecológicos en países de África, Asia, Europa y América- reconoce que al empezar el viaje "esperaba que la agroecología sí funcionara, pero no sabía hasta qué punto; y lo que descubrí fue increíble".

"Hay alternativas a la agroecología"


    Apunta, esperanzada, que "hay alternativas en la agroecología", pero especifica que no se trata de volver a técnicas de producción agrícola ancestrales sin más, sino de aplicar los avances tecnológicos a esos conocimientos que durante siglos han funcionado.Es volver a una agricultura que crea paisajes ricos y variados, basada en la complementariedad de las plantas, de los árboles y de los animales, explica.

    Admite que esta vuelta a una agricultura autosuficiente "no es fácil", por eso es importante en su opinión la ciencia "para apoyar a los agricultores".

    A su juicio, "otra gran mentira de la agricultura industrial" es que al pasar a la producción agroecológica los rendimientos bajan; no obstante, marca la diferencia entre la agricultura biológica y la agroecología: "Si sólo reemplazas los químicos tóxicos por otros naturales, pero no cambias el modelo de cultivar, los rendimientos bajan".

    Por eso insiste en que es necesario modificar el actual modelo agrícola por completo, dejando los monocultivos -y la ingente cantidad de insumos que suponen- para apostar por producciones complementarias, por las relaciones humanas y por los valores.

    Cita ejemplos prácticos de agrosilvicultura en Malaui, donde plantan gliricidias, árboles que bordean los campos de maíz y actúan como insecticidas naturales y fertilizantes. O el sistema de la milpa en Oaxaca (México) que consiste en sembrar a la vez maíz, frijoles (leguminosa que capta el nitrógeno del aire y alimenta el maíz) y calabaza (cuyas hojas permiten mantener humedad del suelo), que se complementan y permiten una dieta más variada y reducir los gastos de la finca.

    Alude, además, a un estudio de la Universidad de Berkeley (EEUU) que señala que este sistema es "muy productivo", porque una hectárea produce los alimentos equivalentes a 1,7 hectáreas cuando se cultivan por separado.

"Hay ahora sistema del futuro"


   Estos agricultores tienen mayores rendimientos en sus cosechas y pueden trabajar la tierra "sin gastos importantes", hace hincapié Robin, al apostar por una producción que puede prescindir de insumos procedentes de energías fósiles, emite menos gases de efecto invernadero, necesita menor uso de agua, contribuye a la biodiversidad y es un sistema que permite "autoalimentarse".

    "Son sistemas del futuro" y "el cambio es posible y necesario", defiende, si queremos alimentar el mundo, cuidar del medio ambiente, y asegurar la rentabilidad económica de las comunidades campesinas desarrollando, además, canales cortos de venta.