¡Viva la carne de caballo!

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    Existen dos tipos de alarmas alimentarias, las que salen a la luz de forma imprevista, generalmente por algún fallecimiento o intoxicación grave, y las que se desarrollan paulatinamente, de forma constante, pero no acaban conllevando inicialmente ningún peligro para la salud, sino que se trata más de fraudes que de un problema alimentario. Y éste es el caso de la carne de caballo no ya en las hamburguesas, sino en todo tipo de platos preparados repartidos por toda Europa y que afecta no a la tienda de bario de la esquina, sino a todo tipo de multinacionales, desde Nestlé hasta Ikea.

    Y como ya he comentado  en más de una ocasión, de todo lo que se ha venido hablando, de la mitad, tres cuartos. Es decir, que nunca ha habido un peligro para los consumidores, sino una simple estafa y, de manera colateral y con el paso del tiempo, un daño a la industria cárnica de vacuno, que al parecer ha dejado de existir para convertirse en un apéndice de la equina, ya que cada día en más difícil hallar un trozo de vacuno en un plato que un banco que se preocupe de sus clientes.

     Pero en toda crisis hay algo positivo y en este caso es que este fraude ha servido para que todo el mundo se ponga las pilas y empiece a mirar con lupa qué es lo que comemos. Porque ya no hablamos de unas hamburguesas congeladas, sino de todo tipo de platos preparados que es muy fácil hallar en cualquier cocina e incluso en algún plato como una ‘comidita casera’ porque se le ha echado un poco más de queso rallado por encima.

    Y esto es con lo que debemos quedarnos, pero no nosotros los consumidores, sino los gobiernos de toda Europa, que está visto que no le han prestado ni la más mínima atención a lo que se venden en los supermercados salvo que a alguien le siente mal. Se debe poner fin al descontrol que ha habido, a la falta de escrúpulos no sólo de quienes falsificaban las carnes que vendían sino también, y sobre todo, a quienes las compraban, que da la impresión de que miraban hacia otro lado siempre que el precio fuera bueno y le sacaran más beneficio.

     Y gracias a la carne de caballo, que insisto en mejor muchas otras y más barata, hemos descubierto que existe canallas de todo tipo, los del matadero que meten de noche la carne de caballo por la puerta de atrás y los de traje de Armani que, tanto de día como de noche, sólo piensan en el dinero que les pueda entrar, sea por detrás o por delante.

     Por eso, ¡Viva la carne de caballo!, porque nos ha servido para que los Gobiernos se pongan las pilas y empiecen a investigar, para que las empresas piensen más en su imagen y en sus consumidores que en sus comisiones, y hasta para descubrir (manda huevos, que diría Trillo) que las únicas hamburguesas de vacuno de verdad son las del McDonald.

     Ahora sólo falta que nadie se relaje, que estos controles no se queden sólo en la carne y que se investigue a fondo todo el proceso alimentario y se evite este tipo de fraudes con otros alimentos, porque si no corremos el riesgo de que todo se olvide y se vuelvan a abrir las puertas de atrás de muchas empresas para meter lo que nunca harían a la luz del día.

     Y, en este sentido, y como siempre, hay que mirar a Alemania que ya está investigando un presunto escándalo de huevos ecológicos que no lo son. Y, salvo que alguien se justifique diciendo que son huevos de caballo para ver si cuela, se abre una veda mayor que, no lo olvidemos, nos beneficiará a todos.