En su nota de prensa reciente basada en la estadística de los grandes incendios del Ministerio de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, Ecologistas en Acción defendía la existencia de una relación entre vegetación y los grandes incendios. Para el Colegio de Ingenieros de Montes “dicha asunción se basa en una pueril (y no por repetida menos errónea), cantinela de clasificar los bosques y espacios forestales entre buenos y malos como si de una película del oeste se tratase. Los primeros serían los bosques genuinos, autóctonos y carentes de intervención humana, entendida siempre como algo negativo; y los malos, los plantados por la mano del hombre y formados por pinos y eucaliptos exóticos”.

Para los ingenieros de Montes lo peor de ese mensaje de los ecologistas, “confuso y basado en burdas y maniqueas generalizaciones”, es que se frivoliza con los incendios según dónde ocurran y se fomenta un desapego hacia determinados bosques, las antiguas y nuevas repoblaciones, distrayendo la atención sobre los verdaderos retos que tiene planteado el mundo forestal.

Los ingenieros de Montes recuerdan a los ecologistas que en cuatro décadas los incendios se han ido trasladando hacia los terrenos forestales desarbolados

El Colegio de Ingenieros de Montes, que representa a los profesionales competentes en recursos e incendios forestales, “desea aportar luz y sensatez a este ya manido debate que dura más de tres décadas y que bloquea la acción colectiva para destinar los recursos necesarios para superar el grave abandono de más de la mitad de nuestro territorio que no hace sino reforzar la causa subyacente que agrava el problema de los incendios, con los siguientes argumentos:

  • A lo largo de las pasadas cuatro décadas los incendios se han ido trasladando hacia los terrenos forestales desarbolados. Sí en 1970 menos del 50% del territorio forestal estaba arbolado y ahora dos tercios lo está, entonces más de la mitad afectaban a bosques mientras que ahora el 70% ocurre en terrenos desarbolados y agrícolas abandonados. Es decir, se ha pasado de incendios de bosque a incendios de matorral, pastizales y campos abandonados. Nada que tenga que ver con la gestión forestal.
  • Es positivo que se reconozca la importancia de los grandes incendios forestales (GIF). Obviamente la zona más propensa es aquella donde coincidan macizos forestales extensos y una relativamente buena climatología para el bosque (precipitaciones) junto a períodos secos y ventosos y cierta densidad de población. Eso se produce fundamentalmente en el Noroeste de la Península y la Costa Normediterránea. Las zonas con bosques abiertos pastoreados (dehesas) raramente arden, simplemente porque carecen de continuidad vertical y horizontal, ni tampoco las zonas con lluvias estivales (Euskadi, Pirineos) o las más secas (Almería y Murcia) por falta de combustible.
  • El comienzo de un fuego depende mucho menos del tipo de vegetación que del modelo de combustible y la estación. Su inmediata propagación depende de la existencia de continuidad vertical y horizontal y, una vez alcanza dimensión, no hay vegetación que no queme. De hecho todos los años se queman hayedos, como las más de 100 hectáreas que ardieron en 1994 en el Parque natural del Montseny.
  • Las condiciones naturales de la Península Ibérica no permiten la dominancia de bosques de frondosas en la mitad Este salvo contadas excepciones. De hecho, la Red Natura 2000 ha obligado a proteger extensos bosques de pinos, sobre todo carrasco (halepensis) y salgareño (P.nigra), por su carácter singular a escala europea. Recordemos que la denominación de Pitiusas a Ibiza y Formentera procede de la palabra pino en griego. Por ello es ocioso pretender bastardearlos siguiendo la irresponsable teoría de Folch (1981: La vegetació dels Països Catalans) que descalifica al pino carrasco como matorral arbolado. Parece que algunos no han progresado como por suerte ha hecho la ciencia.
  • En el Oeste de la Península hay zonas considerablemente afectadas por incendios y con dominancia de frondosas como la zona de Sanabria o en el norte de Cáceres, o la Cordillera Cantábrica aunque sean en general incendios de media extensión.
  • Las repoblaciones ejecutadas a lo largo del siglo XX en condiciones socioeconómicas y con conocimientos bien diferentes a los actuales, fueron la respuesta a extensos paisajes deforestados de finales del siglo XIX, como bien prueban las fotografías de la época. Valorarlas hoy como desafortunadas, por mucho que algunas no fueran acertadas, es desconocer nuestra historia social, ambiental y económica.
  • Los cultivos forestales en este país son básicamente tres: chopos en las riberas, pino radiata en el Cantábrico y eucaliptos. Salvo este último en el Sudoeste de Galicia y en Huelva, el resto no se ven afectados generalmente por incendios.
  • Los alcornocales de la vertiente mediterránea lamentablemente son reiteradamente afectados por incendios tanto en Girona como en la Serra de Espadà, precisamente justo donde se produjo uno de los GIFs de 2016. El corcho que rodea su tronco es una adaptación evolutiva al fuego en contradicción con la tesis defendida por Ecologistas en Acción.
  • Las dehesas son ecosistemas fuertemente alterados donde se ha eliminado el estrato arbustivo y lianoide y reducido considerablemente el arbolado y pese a ello, o quizás por ello, tengan elevados índices de biodiversidad, lo que refuta que la intervención antrópica sea negativa per se.
  • Todas las especies de pinos presentes en nuestro territorio son autóctonas y con una presencia constatada muy importante en la vegetación ibérica durante los pasados 8.000 años con la única salvedad del radiata que apenas supone el 5% del total y limitada al Cantábrico. Es irresponsable descalificar a una significativa parte de nuestros bosques simplemente por inercia de una corriente fitosociológica que aún pervive pese a que el progreso científico ya la ha superado. Son abrumadoras las pruebas de la presencia de los pinares en toda España desde hace milenios (análisis de polen, toponimia, hornos de pez, leña aparecida en yacimientos arqueológicos, madera usada en construcción civil, etc.).
  • Afirmar por parte de los ecologistas que las estadísticas varían según las fuentes consultadas es torticero por cuanto las únicas estadísticas oficiales son las que proceden del Ministerio que a su vez se elaboran con los datos que proporcionan las Comunidades Autónomas.

En general el número de incendios en España no es muy elevado y en parte por el uso del fuego para la ganadería

Frente a la “agotada línea argumental defendida por Ecologistas en Acción”, el Colegio de Ingenieros de Montes recuerda los aspectos clave que explican los incendios forestales y las líneas estratégicas que viene defendiendo, recogidas en todas las Conferencias internacionales sobre la materia y en el reciente informe elaborado conjuntamente por los dos Colegios de las profesiones competentes en esta materia (COITF, CIM) o el informe de Green Peace:

  • En general el número de incendios en España no es muy elevado con la excepción del Noroeste, donde existe una arraigada tradición de uso del fuego para la ganadería que explica que aquí se concentren tres cuartas partes de los incendios en número (que no en extensión). Es necesario seguir abordando este hecho, aunque en Galicia ha bajado considerablemente en los últimos años sin llegar a generalizaciones que no se adaptan al resto del territorio.
  • España dispone de un importante dispositivo de lucha contra los incendios forestales a la vez que las inversiones en la gestión y mejora de nuestros bosques han caído con la crisis a mínimos históricos. Gracias a esa inversión en extinción el índice de eficacia (ratio superficie incendiada/nº de incendios) ha mejorado sustantivamente y hoy España es el país con menor afección por incendios del Sur de la UE. Ambos factores generan lo que se viene denominando la “paradoja de la extinción” que consiste en que si priorizamos solo la extinción olvidando el estado de los bosques exacerbaremos el riesgo de grandes incendios que acaben tirando por la borda todos los esfuerzos.
  • El mensaje de Ecologistas en Acción acaba resultando una cortina de humo que oculta sobre el problema de fondo, el dramático abandono de nuestro interior tanto en términos de agricultura extensiva como demográfico. La falta de gestión de la biomasa acumulada en el monte y el asilvestramiento de nuestro interior es una bomba de relojería por el riesgo de ocurrencia de inmensos incendios que superen nuestra capacidad de extinción. Los bosques menos afectados son aquellos donde se mantiene una gestión forestal capaz de generar empleo y de mejorar las condiciones de vida de la población local.
  • Necesitamos una ordenación territorial integrada que supere las sectoriales, que abocan a soluciones llenas de contradicciones, y donde se considere debidamente la prevención de riesgos como son los incendios o los hidrogeológicos. Ello llevaría a generar discontinuidades preferentemente mediante cultivos y pastizales estratégicamente ubicados y a abordar adecuadamente el problema de la interfaz urbano-forestal, muy presente en los incendios más mediáticos de 2016.

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